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Para una buena comunicación.

Miércoles 07 de Septiembre , 06:00

Elementos claves para una buena comunicación.

No es muy grato recordar que hoy estamos pasando por una fuerte crisis de comunicación entre las personas, acoto que paradójicamente los animales se siguen comunicando mucho mejor que nosotros, o por lo menos sin tanto sobresalto.

Los últimos acontecimientos trágicos en nuestro país y en todo el mundo, nos demuestran que la raza humana no la está pasando bien en materia comunicativa y hay quienes prefieren expresarse con el lenguaje de la violencia, ultrajando valores, dañando física y moralmente a quien se les cruce en su camino y les impida el despiadado propósito de conseguir sus objetivos, aún a costa de vidas inocentes.

Está claro que no todo se arregla comunicándonos solamente, pero sería bueno de una vez por todas, empezar por algo y tratar de corregir desde nuestros hogares y en familia, la manera de ensayar todos los días una más efectiva comunicación que nos ayude a comprendernos mejor y hacer de esta vida un recordatorio permanente, que a pesar de los pesares, vale la pena de ser vivida a plenitud.   

Quizás todo se circunscriba a que debemos aprender a oír mejor, por algo Dios nos creó con dos oídos y una sola boca que responde, a lo mejor es hora de “ponernos en el lugar del otro’ para comenzar un buen  diálogo.  

Comprensión.

Comúnmente, cuando hablamos sobre la comprensión, se nos escapa una palabra que no calculamos el valor que contiene su significado:

“Este niño necesita comprensión”, “La sociedad no me comprende”, “Los jóvenes son incomprendidos”, “El artista se fue decepcionado porque no lo comprenden”.

Comprender es una forma concreta de recibir “al otro” de acogerlo. Pero, con una condición a cumplir, respetándolo en toda su dimensión. Tomándolo tal cual es.

No sólo es el aceptar lo que “yo quiero de él”, lo que me interesa “del otro”; es aceptar con todas las consecuencias que dicha aceptación pudiera acarrear. Comprendiendo integralmente, sin recortes, con todos sus “pro” y sus “contras”.

El tema de la comprensión y la apertura con los demás, se puede abordar de muchas formas, yo tengo una preferida del maestro Juan Carlos Pisano y es aquella donde hace referencia de una vieja fábula oriental “el canto del pájaro” en la que se cuenta un encuentro entre un mono y un pez, rodeados de una circunstancia muy especial.

 “El mono en cuestión jamás había salido del claro de la selva en el que vivía, y nunca había visto, antes, un pez.

Este animal conocía todo aquello que el limitado espacio, en el que se desenvolvía, le había permitido conocer. Sabía de las frutas, pero sólo conocía los plátanos y los cocos. Sabía del agua, pero en reposo, en el lago; nunca en torrente como en el río. Sabía de animales, pero de los pocos que pasaban cerca de su morada.

Una vez, se largó a caminar y sus pasos dieron con un inmenso río que corría cortando la selva. Se quedó absorto, nunca había visto tanta agua corriendo por un cauce, parecía hipnotizado. No movió su vista del río hasta que algo lo sobresaltó: la presencia de un pez. En sus palabras o tratando de interpretar su pensamiento dijo:

“la presencia de un extrañísimo animal que había caído al agua y que, seguramente, se estaba ahogando. Porque no conocía ningún bicho que respirara bajo el agua. Solidario como pocos, este mono, no dudó un instante y se puso a correr paralelo al río, siguiendo al bicho que “se ahogaba” arrastrado por la corriente, en la primera oportunidad que tuvo, se colgó de una rama que cruzaba el río y logró atrapar el pez y ‘rescatarlo’ del agua…

Mientras lo agitaba frenéticamente en su mano, una jirafa que pasaba por allí, le preguntó: -¿Qué estás haciendo? –“No lo ves, replicó el mono, estoy salvando a este pobre bicho de morir ahogado”… A esta altura del relato, el pez ya no era pez sino pescado y la “salvación” del mono le había provocado la muerte.

El mismo oxígeno que permite respirar al mono ahoga al pez.

La misma luz que permite ver al águila, ciega al búho. El mismo alimento que da vida a uno, envenena al otro.

Aleccionadora fábula que nos recuerda, en parte, la comprensión entre humanos, si todos nos preocupáramos por saber cuál es el oxigeno que le da vida a la persona que tenemos delante. Porque a todos no nos hacen felices las mismas cosas. Todos no vibramos igual con la misma música. Nos conmovemos distinto, por sentimientos disímiles. Nos reímos o lloramos por motivos diferentes.

Que las personas seamos iguales, no nos iguala a todos de forma pareja.

Hasta la intrincada telaraña política de hoy es capaz de espetar brutalmente:

Lo que sostiene “tal” fracción ideológica es un absurdo total. “Eso” jamás podrá conducir a nada bueno. Nuestra propuesta sí es una salida concreta a los problemas que se están planteando”.

Cerrado y remachado el círculo mental que nos impide pensar que “quizás”, el otro también puede tener la razón, o algo de verdad en lo que afirma.

¿No se puede pensar que la postura que adopta “el otro” es su respuesta concreta a cómo entiende o cómo le hicieron entender la vida?...Claro que sí, por supuesto que se puede pensar más comprensivamente. No existe ninguna traba objetiva que lo impida. Aunque por culpa de esta afirmación se levanten voces de queja:

“Cuidado, esa postura encierra una visión del mundo donde todo se considera como relativo”. “Atención, no caigamos en relativizarlo todo…”

Quienes así se quejen, no habrán entendido la propuesta, ni el alcance exacto de la palabra comprensión o de la actitud de apertura. Quien así se exprese, será porque insiste en permanecer encerrado en una situación de incomunicación que no lo molesta ni le incomoda, pero que tampoco le permitirá crecer.

Este planteo es sólo un llamado a la comprensión, a ver a los demás desde su propia realidad, desde su propia cultura y su particular lenguaje, pero sin cuestionar la existencia de aquellos pilares inconmovibles que son los valores absolutos y que no pueden relativizarse por una cuestión de ponerse “en el lugar del otro”.

El respeto por la vida, la justicia, el amor, la verdad, la amistad y muchos otros, son valores absolutos, cuya comprensión está al alcance de todos los humanos, cualquiera que sea su Dios, su formación cultural, su educación o forma de vida.

Si acaso se pudiera argumentar que hay filosofías y culturas que lo relativizan, tengo la certeza que en el fondo del corazón y el pensamiento, todos pueden acceder a

esos mismos valores si juzgan con recta razón y buscan la verdad por caminos ciertos. Es una ley inscripta en la naturaleza misma de la persona y no está sujeta,

-y cuando lo está es sólo de manera transitoria-, a ningún condicionamiento.

Sería caótico admitir que puede haber lugar para “lo relativo” cuando se trata de hablar de los grandes valores de nuestra existencia.

Sabemos que el “aire”, el “oxigeno” del otro puede cambiar de acuerdo a su condición cultural, social, generacional o educativa, pero eso no significa que los valores de fondo se modifiquen. Dicho de otra forma, no se debe admitir o justificar alguna transgresión en las conductas porque se la tome como una expresión del “oxigeno” ajeno. Debemos buscar, con firmeza y convicción, caminos de entendimiento y acercamiento, pero sin faltar a los valores del derecho natural.      

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