Un repaso al sentido común
Martes 31 de Enero , 06:59Muchas veces reflexionamos en torno a un tema determinado y concluimos que mejor ‘en ese caso puntual’ habría que haber aplicado el sentido común y la solución aparecería por añadidura. Este, -que para mucho parecería ser el menos común de los sentidos-, aplicado a tiempo, seguramente nos abriría un mar de posibilidades y soluciones sensatas a la hora de plantearnos un problema de cualquier índole .
Todos necesitamos emplearlo a fondo: funcionarios, empresarios, maestros, líderes de opinión, periodistas, publicistas, médicos, amas de casa, profesionistas y políticos en funciones o camino a ellas, porque en este tema especialmente, parte del mundo intelectual –de izquierda, derecha, o centro- no parece aún enterado que la democracia ya empezó a funcionar hace más de dos siglos, aunque muchos de sus integrantes se sigan considerando como parte de cierta privilegiada nobleza, por encima de la llamada “gente común”, que irónicamente es a la que más necesitan.
Creo que nos beneficiaríamos sin duda, si logramos utilizar más seguido el ‘poco usual’ sentido común, una facultad que la mayoría posee, pero que no todos emplean, por lo menos en la medida y con la premura que requieren ciertas circunstancias.
Aplicando precisamente este sentido común alabado, recurrimos a los especialistas para que nos den un poco de luz clarificadora sobre este asunto que nos inquieta, empezando por reconocer en nosotros mismos esa carencia y tratando de reponerla.
La revolución del sentido común.
Este impactante título perteneces a un libro que nació de la inspiración del talentoso Sergio Ciancaglini –dos veces ganador del Premio Rey de España de periodismo- quien nos tienta a que recorramos juntos, de manera sucinta, sólo una mínima parte de esta edición tan útil como necesaria, aunque yo la haya descubierto algunos años después de su aparición.
Cómo ganarse la vida.
Si vivimos en una época de crisis de las ideologías, las religiones, la política, los valores y las certezas: ¿qué nos queda?...
Una de las pocas cosas más o menos seguras es que queda cada persona a cargo de la edición de la propia vida (aunque rodeada de ciudadanos, grupos e instituciones que a veces pretenden lo contrario) tratando de ver qué rescatar de todo ese universo de realidades y explicaciones, después de un viaje que en las últimas décadas consumió muchas de las claves con las que comprendíamos las cosas y llevábamos adelante nuestra vida social y cotidiana.
¿Cómo hacernos cargo de esta tarea? Revisemos el equipaje que tenemos:
En contra:miedo, inseguridad, prejuicios, ignorancia, soberbia, resignación, sensación de impotencia, delirio de omnipotencia, los dioses enloquecidos e incapacidades varias (cada uno conoce las propias, o al menos sería prudente que lo hiciera).
A favor:razón, valor, afecto, conocimientos, creencias, emoción, sentimiento, experiencia, intuición, juicio, creatividad, inteligencia, capacidad de actuar, de comunicarnos, de vivir en sociedad y otra cantidad de posibilidades que existen en cada ser humano, aunque más de uno se empeñe en disimularlo.
Claro que esta descripción puede disparar nuevos interrogantes:
¿La razón y la emoción no se oponen?
¿Somos realmente libres de decidir cómo actuar?
¿Puede el rubro “a favor” prevalecer sobre el bagaje definido como “en contra”?
En medio de la confusión apareció en mi cabeza una ocurrencia sobre cómo reunir y organizar las herramientas y facultades que uno podría considerar favorables a nuestra vida.
La mejor síntesis que he encontrado, que intentaré defender con los debidos respetos a Universidades, Escuela y Celebridades de la Opinión y el Pensamiento, nace de dos palabras sumamente conocidas, usadas, sencillas y a la vez tremendamente complejas: sentido común.
La experiencia cotidiana y el trabajo periodístico me han enseñado que el sentido común, como idea, no es un tótem caído, al menos por ahora, y sí representa una facultad o un medio a través del cual entenderse con una variedad inusitada de personas. Si eso es así, el sentido común puede ser una zona de acción y de transformación individual, social, económica, cultural y política, aunque ha sido más bien ignorada, cuando no despreciada, por las ciencias, con más argumentos dogmáticos que buenas razones.
Quedaría por verse si el sentido común alcanza como fórmula para intentar comprender la realidad, transformarla o dejarla como está, según el caso.
Para comunicarnos, pensar, sentir y actuar. O atenerse a la elección contraria.
Para captar las mutaciones que suceden en estos extraños tiempos y tomar decisiones, o decidir no tomar otra cosa que un té o una cerveza, y no hacer nada.
Para ser capaces de combinar los sueños y los proyectos, con la eficiencia para realizarlos, evitando tanto el delirio como la mediocridad (¿tendré que aclarar qué quiero decir con esas palabras?).
Para vivir y convivir un plan de acción que, si se lo piensa bien, puede resultar revolucionario. Para llevar adelante la mejor existencia posible. Para ganarnos la vida a pulso.
“La idea del sentido común funciona en una frecuencia diferente y más amplia. Rescata lo mejor de la razón como facultad de la persona, pero puede diferenciarse de la Razón mayúscula, de las estructuras que buscan controlar y determinar las posibilidades humanas. Puede, además, englobar todo lo emocional, afectivo e irracional que también existe en cada uno.
El sentido común no es ni un discurso unilateral, ni una actitud soberbia.
Y sí representa lo que podría llamarse un uso razonable de la razón. Esta última frase puede parecer un juego de palabras, pero como creo en el sentido común, apuesto a que cualquier lector lo entienda”.
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