En prisión, Caro Quintero invitaba a 'pasear en la Suburban' Lidiaba con en el encierro recordando sus días de gloria; se reunía con los presos más inmediatos y los invitaba 'a pasear en la Suburban'.
CD. DE MÉXICO, (EL UNIVERSAL).- "Un experto en fugarse de la realidad" y "un hombre solitario", es como el excapo Rafael Caro Quintero pasaba sus días en el Penal de Puente Grande en Jalisco. En el libro “Los Malditos 2. El último infierno” del escritor J. Jesús Lemus documentó la estadía de "El Narco de Narcos". "Se sentaba en la banca que él llamaba su 'oficina' y sólo él sabía lo que pasaba por su cabeza. A veces musitaba para darle mayor fuerza a sus diálogos con las personas que traía a su imaginación. Se molestaba. Regañaba", se lee en un fragmento del libro. Asimismo, el escritor relató que el exnarcotraficante a veces mostraba un rostro alegre y dejaba entrever su felicidad. "Hacía corajes. Pero en no pocas ocasiones también se iluminaba el rostro con algo de alegría. Su boca era media luna que dejaba entrever su felicidad. Luego como arrepentido, borraba su sonrisa con un ligero movimiento de cabeza que a la distancia se observaba como una negación". Sin embargo, otras de las formas en que Caro Quintero lidiaba todos los días en el encierro era "recordar sus días de gloria". "Siempre fue un hombre solitario, había ocasiones en que la soledad se lo comía. Entonces se reunía con los presos más inmediatos y los invitaba 'a pasear en la Suburban'. Cuando salía al patio, en las escasas horas que se nos permitía asolearnos, empezaba a caminar en torno de la cancha. Se hacía una formación como de escoltas: dos adelante y tres detrás, y caminaba interminablemente". "Todos mantenían una formación simulando viajar dentro de una camioneta. El chofer —designado como una distinción especial de Caro Quintero— siempre avisaba del tráfico, de los semáforos, del cruce de las calles. Al chofer le correspondía decidir en qué calles imaginarias estaba circulando. A veces era la Ciudad de México, otras era algún poblado que nadie conocía, pero a Caro Quintero le gustaba que lo llevaran por las calles de Guadalajara", añadió en el relato. "Había quienes simulaban el arranque de un motor y hasta encendían el radio de la camioneta". De igual manera, el libro narró que "algunos presos que sólo por el gusto de 'viajar' al lado de la leyenda que era Caro Quintero comenzaban a explotar su imaginación fermentada por el encierro prolongado. Hacían unas narraciones dignas de cualquier escritor de novelas". Finalmente, Rafael Caro Quintero "siempre se supo observado por el gobierno. Por eso a veces se hacía el loco".
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