Por @chefjuanangel -¡Juliana, Juliana! Toc, toc, toc... -Juliana, buena tarde, aquí le traigo un recado de mi mamá. Toc, toc, toc... -A ver, Manuelito, pasa, siéntate, dame un momento. El pequeño Manuel entregó un trozo de papel estraza, bien dobladito, a la mujer de 65 años. -Vamos a revisar este recado- dijo Juliana mientras se acomodaba los anteojos. -Muy bien, ya mandó el anticipo tu mamá- exclamó relamiéndose los labios. Inmediatamente, tomó un lápiz y le sacó punta con una vieja navaja de rasurar, volteó el papel y escribió rápidamente la contestación. -Toma, dile a tu mamá que muchas gracias y por allá nos vemos. Quiquiriquiiiiiii. -¡Ay, fregado, ya son las 5 de la mañana! El día acordado en aquel recado, que figuraba más como un contrato, llegó rápidamente. -¿Dónde están las enaguas blancas? Juliana buscaba en velices, cajas y bolsas sus enaguas de trabajo. Se trataba de una falda blanca virginal que le cubría hasta las pantorrillas. -¡Bendito Dios! Aquí están. A paso veloz, las dispuso sobre la mesa, roció con agua y planchó meticulosamente. Luego corrió a la cocina y comenzó a sacar bandejas, bateas y cucharas. -¡Virgen del Perpetuo Socorro, ¿dónde quedaría la batea grande? Juliana buscaba desesperadamente el cuenco grande tallado en madera. -Comadre, ¿de casualidad tiene usted la batea grande?- gritó a su vecina que tostaba café al otro lado del cerco de alambre. -Aquí se la paso, comadre. El reloj marcaba las 6:30 de la mañana, y aún le faltaba lo más importante. -¡Ay, benditas ánimas del basurero, que aparezca el mandil!- aquella encomienda llevaba por obligación usar el mandil de doble vista, y aunque era blanco por ambos lados, debía portarlo para completar su misión. Se paró junto al lavadero, mojó el cabello rizado con sus manos y lo cepilló fuertemente mientras se miraba en el trozo de espejo que colgaba del árbol de naranja lima. Luego enrolló su larga cabellera en la parte alta de su cabeza formando un molote perfecto, amarró un paño rojo y acomodó dentro todos los cabellitos de la frente y nuca; subió el cierre de su falda, se puso el mandil y caminó cuesta abajo hasta la casa de Consuelo, mamá de Manuelito. -Juliana, pasa, qué bueno que llegaste, ya tengo todo listo. Frente a ella, tenía una mesa colmada de ingredientes: 10 kilos de harina, 4 de manteca, un balde con agua, levadura, sal y azúcar. Exactamente lo que había solicitado semanas atrás en la contestación. Puso la batea sobre la mesa y comenzó a mezclar. Amasó, atizó la hornilla y después de 5 horas ya tenía decenas de charolas llenas de pan de vieja, esponjoso y doradito. Cuando terminó de hornear, volteó el mandil y se lo colocó nuevamente, puesto que debía salir para acomodar el pan sobre una larga mesa con mantel virginal, ya que los invitados de la boda ya estaban a punto de llegar. En la Capital del Mundo había mujeres encargadas de preparar panes y/o tortillas a domicilio para las grandes celebraciones, ellas eran las encargadas de compartir el sabor que se les había enseñado y así preservar las tradiciones gastronómicas en fiestas y eventos. Es decir, Juliana era una mayora. Chef Juan Ángel Vásquez - Licenciado en Periodismo y chef profesional, creador de contenidos gastronómicos para plataformas digitales y embajador de marcas de alimentos.
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