La Odisea: el hombre de muchos caminos El próximo estreno de La Odisea de Christopher Nolan reaviva el interés por el clásico de Homero y el legado de uno de los relatos más influyentes de la literatura universal.
_"Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos caminos, que anduvo errante muy lejos tras saquear la sagrada ciudadela de Troya."_ — Homero, La Odisea, Canto I Imaginemos a un hombre. No un héroe de mármol ni una figura de friso griego sino un hombre de carne y fatiga, con la sal del mar incrustada en la barba y diez años de guerra en los ojos. Un hombre que sabe cómo construir un caballo de madera tan grande que cabe un ejército adentro, que sabe hablar con los muertos y sobrevivir al canto de las sirenas, que sabe atar a otros al mástil para que la belleza no los destruya mientras él escucha lo que nadie puede escuchar sin perderse. Un hombre que tiene nombre propio — Odiseo, rey de Ítaca, el de muchos recursos, el astuto — y que sin embargo podría ser cualquiera de nosotros en el momento en que todo lo que nos importa está lejos y el camino de regreso se convierte en la aventura más peligrosa del mundo. Ese hombre lleva tres mil años caminando. Y el próximo 16 de julio, por primera vez en la historia del cine, lo veremos caminar en formato IMAX de 70 milímetros, con Matt Damon en la piel de Odiseo, Tom Holland como su hijo Telémaco, Anne Hathaway como su esposa Penélope y Zendaya como Atenea, bajo la dirección de Christopher Nolan — el mismo que nos dio Oppenheimer — en la adaptación cinematográfica más ambiciosa y cara de la historia de la literatura griega. Pero antes de entrar al cine, conviene leer el libro. Y antes de leer el libro, conviene entender de dónde viene. Porque La Odisea no comienza donde la mayoría de la gente cree que comienza. Comienza en otra obra, más oscura, más brutal y menos conocida por el gran público: La Ilíada. Ambas son atribuidas a Homero — un poeta griego cuya existencia misma es materia de debate, ya que algunos sostienen que fue una persona real del siglo VIII antes de Cristo y otros proponen que el nombre de Homero es en realidad una denominación colectiva para una tradición oral que se transmitió durante siglos antes de ser transcrita. La Ilíada narra los últimos meses de la Guerra de Troya, el conflicto más famoso de la Antigüedad, desencadenado cuando el príncipe troyano Paris raptó a Helena, esposa del rey espartano Menelao. La guerra duró diez años. La Ilíada no narra esos diez años — narra solo 51 días del décimo año, concentrándose en la cólera del guerrero griego Aquiles, el más poderoso de todos, que se niega a combatir por una disputa de honor con el comandante Agamenón. La obra tiene 15 mil 693 versos, 24 cantos y una galería de personajes que incluye a los dioses olímpicos interviniendo en los asuntos humanos con la misma arbitrariedad con que los políticos intervienen en los asuntos de los ciudadanos. Aquiles, Héctor, Príamo, Patroclo, Áyax, Agamenón: cada uno con su propia lógica, su propia tragedia, su propio código de honor que choca con todos los demás. La Ilíada es la guerra. La Odisea es lo que viene después de la guerra: el regreso. Y el regreso, Homero lo sabía con una claridad que tres mil años de literatura posterior no han superado, es siempre más difícil que la batalla. Odiseo tarda diez años en volver a Ítaca desde Troya. Diez años que en el poema se convierten en un catálogo de la condición humana: el encuentro con el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, cuya ceguera desencadena la ira de un dios y condena a Odiseo a errar por el mar; la isla de la hechicera Circe, que convierte a los hombres en cerdos con la misma facilidad con que ciertas circunstancias convierten a las personas en versiones de sí mismas que no reconocerían; el canto de las sirenas, cuya belleza promete sabiduría total y produce en cambio la muerte de quien la busca sin los vínculos que lo sujetan al mundo real; el descenso al Hades donde Odiseo conversa con los muertos y aprende que el conocimiento de lo que vendrá no alivia la tristeza del presente; y la isla de la ninfa Calipso, donde el héroe permanece siete años retenido en el paraíso — siete años de inmortalidad ofrecida, de amor sin obstáculos, de placer sin consecuencias — y elige sin embargo regresar a Ítaca, a su esposa mortal, a su hijo que ya no lo conoce, a su casa ocupada por pretendientes que se beben su vino y aspiran a su trono. Elige lo imperfecto y propio sobre lo perfecto y ajeno. Esa elección, que Homero pone en el corazón de la obra, es la pregunta más antigua y más vigente de la filosofía occidental: ¿qué vale más, una vida larga sin sentido o una vida corta con propósito? Odiseo elige el propósito. Elige a Penélope. Penélope merece su propio párrafo porque la crítica literaria la ha tratado con menos generosidad de la que merece. Durante los veinte años de ausencia de Odiseo — diez de guerra, diez de regreso — Penélope mantiene el reino, cría a Telémaco, resiste a los pretendientes y desarrolla una estrategia de resistencia tan inteligente como cualquier hazaña de su marido: teje durante el día un sudario para el padre de Odiseo y lo deshace cada noche, aplazando así la decisión de elegir un nuevo esposo. Penélope no espera pasivamente. Gobierna, miente con inteligencia, protege y resiste. La académica classicista Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada, escribió en su novela Penélope y las doce criadas que Penélope fue siempre la protagonista más inteligente del poema y que la tradición literaria la redujo a símbolo de la fidelidad femenina para no tener que admitir que superaba en astucia a casi todos los hombres de la obra. Es una lectura que incomoda porque es exacta. La Odisea tiene 12 mil 109 versos divididos en 24 cantos y una estructura que los académicos han llamado "in medias res" — el poema comienza en el décimo año del regreso de Odiseo, cuando el héroe está retenido en la isla de Calipso, y reconstruye los eventos anteriores a través del relato que el propio Odiseo hace ante la corte del rey Alcínoo de los Feacios. Esa estructura no lineal — comenzar por el medio, retroceder al pasado, avanzar hacia el futuro — influyó directamente en autores como Virgilio, que la imitó en la Eneida, en James Joyce, que la reescribió completa en el Ulises situando a un Odiseo dublinés en un solo día de 1904, y en Jorge Luis Borges, que en El Aleph reescribió el concepto de odisea como una experiencia puramente interior. El eco de Homero no es solo literario. Es estructural: aprendimos a contar historias de la manera en que las cuenta La Odisea. Lo que hace extraordinaria a la obra no es solo su antigüedad sino su vigencia. Cada uno de sus temas centrales es un tema contemporáneo con disfraz griego. El regreso del combatiente a una sociedad que lo esperó tanto que ya aprendió a vivir sin él — eso es lo que enfrentan los veteranos de guerra en cualquier país del mundo hoy. La tentación de quedarse en la comodidad del exilio dorado en lugar de enfrentar la dificultad de lo propio — eso es lo que enfrenta cualquier migrante mexicano en Estados Unidos que después de veinte años no sabe si Ítaca todavía es su casa. La resistencia de quien espera sin saber si el regreso llegará — eso es lo que viven las familias de los desaparecidos en cualquier país latinoamericano. La astucia como única arma de quien no puede vencer por la fuerza — eso es lo que practican cotidianamente los que sobreviven en sistemas que no fueron diseñados para ellos. Homero no escribió sobre los griegos del siglo VIII antes de Cristo. Escribió sobre la condición humana con el ropaje de los griegos del siglo VIII antes de Cristo. Y esa condición no cambia con los siglos. Solo cambia el disfraz. Christopher Nolan, el director que convirtió la física cuántica en taquilla con Interestelar y la historia del átomo en tragedia shakespeariana con Oppenheimer, eligió esta historia para su próxima película con un presupuesto de 250 millones de dólares, filmada íntegramente en formato IMAX de 70 milímetros en Grecia, Italia, Marruecos, Islandia y Escocia. Es la primera ficción rodada completamente en ese formato en la historia del cine. El reparto es de una ambición que solo se justifica cuando la obra original lo tiene: Matt Damon como Odiseo, Tom Holland como Telémaco, Anne Hathaway como Penélope, Zendaya como Atenea, Robert Pattinson como Antínoo el pretendiente, Charlize Theron como Calipso y Samantha Morton como Circe. La película llega a México el 16 de julio de 2026. Es decir: en seis días. Antes de comprar el boleto, mis estimad@s lectores, les propongo un ejercicio que vale cualquier precio de cines: lean primero. O relean, si ya lo hicieron. La Ilíada primero — aunque sean los primeros cinco cantos, aunque sea el resumen honesto de lo que ocurrió en Troya — para entender de qué guerra viene Odiseo y qué dejó atrás. Y después La Odisea, comenzando por el Canto I, con esa invocación a la Musa que después de tres mil años sigue siendo el mejor primer verso que ningún escritor ha superado: "Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos caminos." Un hombre de muchos caminos. No un héroe sin defectos. Un hombre que miente, que llora, que se equivoca, que cede a la tentación, que regresa y que al regresar no encuentra exactamente lo que dejó porque nadie regresa a lo mismo que abandonó, porque el tiempo pasa también en los lugares que uno deja. Ese hombre lleva tres mil años caminando. El 16 de julio, Nolan lo pondrá en una pantalla de setenta milímetros y será extraordinario. Pero el libro es más grande que la pantalla. Siempre lo es. Hay obras que no envejecen porque no describen una época. Describen al ser humano. La Odisea es una de ellas. Y tiene tres mil años esperando a que usted la lea.
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