Perdimos. Y algo más La eliminación ante Inglaterra dejó sensaciones encontradas: un México competitivo y con carácter, pero nuevamente fuera del Mundial pese a ilusionar con su desempeño y el surgimiento de Gilberto Mora.
_"El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes"_ — Arrigo Sacchi El domingo por la noche, cuando Jude Bellingham metió dos goles en dos minutos y convirtió la esperanza en silencio, ochenta mil gargantas en el Azteca aprendieron de nuevo la lección más vieja del fútbol mexicano: el corazón no alcanza cuando al balón le falta destino. México cayó 3-2 ante Inglaterra en octavos de final. Jugó bien. Compitió de tú a tú contra uno de los candidatos al título. Empujó hasta el último minuto con una dignidad que el técnico Javier Aguirre resumió mejor que nadie: "Me voy con sentimientos encontrados; orgulloso de la familia que armamos juntos, pero cuando uno pierde, jamás termina de superarlo." Fue una derrota con cara. Con carácter. Con un joven de 17 años llamado Gilberto Mora que en este torneo se convirtió en la revelación más luminosa del futbol mexicano en años. Fue, en el sentido deportivo más preciso del término, una eliminación que duele precisamente porque el equipo demostró que podía dar más. Pero hay que hablar también de lo otro. De lo que ocurrió antes de esta eliminación, en las calles, en las plazas, en los accesos al estadio, durante las semanas que duró la fiesta. Porque el Mundial 2026 dejó en México dos imágenes simultáneas que no se pueden separar sin deshonrar a ambas: la imagen del equipo que peleó con dignidad y la imagen de una parte de su afición que no supo cómo celebrar sin destruir. Cuatro personas murieron durante los festejos por el pase a octavos después de vencer a Ecuador. Leonardo Ruiz, de 44 años, e Iraís Robles, de 19, fallecieron por asfixia en las inmediaciones del Ángel de la Independencia, aplastados por una multitud que no tuvo límite. Una tercera víctima, un hombre de 48 años cuya identidad no fue revelada, también falleció por la misma causa. Las estaciones del Metrobús de Reforma fueron dañadas por aficionados que se treparon a los techos y se lanzaban al grito de "quiere volar, quiere volar", como si la euforia fuera un permiso para ignorar que los cuerpos humanos no vuelan y las estructuras de metal no están diseñadas para soportar multitudes en el techo. En Guadalajara, más de 120 mil personas se congregaron en La Minerva y el Centro Histórico, y cuando terminó el partido lo que siguió no fue celebración sino riñas, destrozos, cristales rotos, comercios saqueados. Fueron detenidas 48 personas. Dos policías municipales resultaron lesionados, uno con traumatismo craneoencefálico. En San Luis Potosí, un grupo de jóvenes irrumpió en una pizzería y la destrozó ante la mirada atónita de los empleados. Un periodista ecuatoriano recibió un vaso en el rostro mientras hacía su trabajo en el palco de prensa del Azteca. Lo que debió ser hospitalidad mexicana se convirtió en vergüenza documentada en video y difundida en todo el mundo. Nótese la paradoja que todo esto produce. Durante semanas, este mismo espacio celebró la generosidad de México como anfitrión, la calidez con que recibió a 48 naciones, la manera en que el taco de canasta y el mezcal se convirtieron en lenguaje diplomático. Todo eso sigue siendo verdad y sigue siendo digno de celebrarse. Pero la otra imagen también es verdad y también es México: cuatro muertos por asfixia en una fiesta de futbol. Comercios destrozados. Mobiliario urbano convertido en escombro. Un periodista extranjero agredido. Cuarenta toneladas de basura sobre Paseo de la Reforma después de cada victoria, suficiente para llenar varios camiones de carga que el gobierno capitalino pagó con dinero de todos los ciudadanos, incluyendo los que vieron el partido en su casa y no rompieron nada. El sociólogo francés Gustave Le Bon explicó este fenómeno hace más de un siglo en su obra sobre la psicología de las masas: cuando el individuo se funde en una multitud, adquiere una sensación de invulnerabilidad que le permite ceder a instintos que por sí solo habría frenado. El anonimato de la masa borra la responsabilidad individual. El que en su vida cotidiana no rompería ni un florero ajeno, dentro de una multitud eufórica rompe cristales de una tienda de conveniencia sin que su mano lo registre como un acto del que deba responder. Esto no es una excusa. Es un diagnóstico. Y el diagnóstico, bien entendido, señala algo que ningún operativo policial puede resolver por sí solo: la ausencia de cultura cívica que hace que la celebración colectiva se convierta, en demasiados casos mexicanos, en licencia para destruir. Hay una comparación que circuló esta semana en las redes y que merece tomarse en serio. Los aficionados japoneses, que siguen a su selección por todo el mundo, tienen una costumbre documentada y celebrada internacionalmente: recogen la basura de las gradas después de cada partido, en el estadio de cualquier país que los reciba, sin que nadie se los pida. Lo hacen en silencio, con bolsas que traen preparadas, como parte de su identidad como aficionados. No es una ley. Es una convicción cultural. La diferencia entre recoger la basura y dejar cuarenta toneladas en Reforma no es de equipos sino de valores. No es de fútbol sino de ciudadanía. Y esa diferencia no la resuelve la selección nacional por mucho que gane. Hay también otra comparación que incomoda más y que merece decirse sin rodeos. Cuando las mujeres marchan el 8 de marzo, el gobierno capitalino coloca vallas metálicas, despliega elementos de seguridad y advierte públicamente sobre las consecuencias de cualquier daño a la propiedad pública. Cuando ochenta mil aficionados dejan cuarenta toneladas de basura en Reforma y cuatro personas mueren aplastadas en los festejos, las autoridades "solicitan mayor responsabilidad para futuros festejos". La asimetría de esa respuesta institucional no necesita análisis. Se explica sola. Volvamos al equipo, porque merece la separación. Esta selección, la de Javier Aguirre y la de los jóvenes que irrumpieron en este torneo, compitió con una personalidad que hacía años no se veía. Perdió ante Inglaterra 3-2 en un partido donde México fue mejor durante más tiempo del que el marcador refleja. Santiago Giménez se fue al hospital con una lesión. Gilberto Mora, con 17 años, se marchó del torneo con la cabeza alta y con el futuro por delante. Raúl Jiménez hizo historia como uno de los máximos goleadores de México en mundiales. Aguirre los llamó familia y tenía razón: se vio un equipo que creyó, que corrió, que no se rindió aunque el partido ya estuviera perdido. Eso no se borra con la eliminación. Lo que sí queda pendiente, lo que el Mundial no resolvió sino que hizo más visible, es la pregunta sobre qué tipo de afición quiere ser México. No los ciento de miles que celebraron con dignidad y volvieron a casa. Esos son la mayoría y merecen ser reconocidos. Sino los que convirtieron la victoria en excusa para destruir, los que aplastaron a cuatro personas en el Ángel, los que rompieron cristales en Guadalajara, los que agredieron al periodista ecuatoriano. Ellos también son México. Y mientras las autoridades sigan respondiendo con "solicitudes de responsabilidad" en lugar de consecuencias reales, seguirán siéndolo cada vez que haya una pantalla grande, una multitud sin límite y un resultado favorable. El Tri se fue. El sueño duró más que en otros mundiales y se fue con más dignidad que en muchos anteriores. Eso merece reconocerse. Lo otro merece nombrarse. Y ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, porque México es ambas cosas al mismo tiempo, y fingir que solo es una de las dos no es patriotismo. Es la comodidad de quien prefiere no ver. Perdimos el partido. Lo que queda por ganar es más difícil y más importante: la civilidad que no se entrena en una cancha.
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