Columnas

Estelas de espiritualidad en el mundo capitalista

El sistema capitalista ha permitido el desarrollo financiero de muchos contextos humanos
Cetys Humanidades: Voces y Perspectivas Los académicos de la Escuela de Humanidades de Cetys comparten sus ideas sobre temas filosóficos, de comunicación, migración, sustentabilidad, y más.

Por: Dr. Rafael Ramírez

La emergencia del racionalismo desde el cogito cartesiano implicó el debilitamiento de la antigua estructura religiosa que antaño daba sentido a la existencia humana, uniformidad identitaria y certeza espiritual. Dicho escenario ilustrado, moderno y globalizado, implicó un desencanto espiritual pues trajo consigo una crisis existencial que puso en duda las respuestas ontológicas antes aceptadas trastocando la espiritualidad (Ratzinger y Habermas, 2006).

El sistema capitalista ha permitido el desarrollo financiero de muchos contextos humanos, a la vez que amenaza con destruir lo que somos: seres sensibles, conscientes, espirituales. Ha creado un mundo donde todo aquello que parecía sólido (las instituciones, la naturaleza, lo sagrado, etc.), ahora es desechable, se desvanece con prontitud, es desplazado, suplido por algo nuevo, para quedar rápidamente obsoleto, para ser reemplazado con rapidez en una vorágine interminable; donde "todo lo sagrado es profanado". La aureola de lo sagrado desaparece con prontitud y debemos adecuarnos en nuestra existencia a dicha ausencia (Berman, 1989, p. 83; Nietzsche, 2006).

En el capitalismo las conductas son deseables si son rentables económicamente, los valores son objetos de cambio incorporados al mercado. Por lo que toda figura santificada es convertida en profana, utilitaria, reificada, al servicio del capital. Si todo se rige por las reglas del mercado, ya nada es sagrado, todo tiene un precio, un valor de cambio o un interés. Mientras los procesos migratorios —muchos de ellos económicamente motivados— deshacen hogares, dividen familias, destruyen contextos morales, promueven el aislamiento, la soledad y la sustitución de los valores tradicionales por metas económicas. Al globalizarse el proceso inunda con la misma transvaloración las sociedades industriales (Berman, 1989, pp. 84-91). Cuando el ser humano se percata que ya es un producto mecánico, una pieza más del todo, algo periférico, entonces, reconoce la trampa en la propuesta subjetivista: perseguir el desarrollo económico selectivo, la autosatisfacción egoísta, la libertad exacerbada. 

Los humanos no somos seres aislados, vivimos en intersubjetividades; nacimos y nos formamos en una cultura (con lenguaje, moral y sociabilidad). La otredad es partícipe de nuestro desarrollo, de nuestra personalidad, de nuestro ser. En nosotros vive el otro, es parte de nosotros. Así que el sujeto cartesiano entendido como alma abstraída de la corporalidad e independiente es contra natura; somos una corporalidad que vive en lo intersubjetivo-cultural, con la necesidad de ser aceptado, de sentirse integrado a comunidades que le confieran identidad (Dussel, 1994).

El progreso material desmereció la vida espiritual, alejándose del pensamiento crítico por una razón instrumental que sirve al sistema sin oponérsele. Con ello, se redujo lo no comprendido, lo indemostrable, lo inmaterial, lo espiritual, cancelando la realización humana, el pleno desarrollo, la búsqueda de felicidad. Al renunciar a pensar al pensamiento y deificar a la razón, se renuncia a la realización ilustrada: quitarnos el temor de entes externos, el temor de pensar por nosotros mismos saliendo del estado de tutela sin dejar que ningún otro ser humano o extra-humano guíe nuestras vidas (Kant, 2012). La búsqueda teleológica de un sentido de vida desapareció junto con lo mítico y lo que antes era verdadero ahora fue sustituido por lo funcional. Si todo es subjetivo no hay forma de determinar cómo una meta o una noción sea más deseable que otra, ello llevó a la relativización de los valores (Adorno y Horkheimer, 1997; Horkheimer, 2007, pp. 30-33). 

El humano, ansioso, desarraigado y agotado del proyecto económico-industrial, busca certezas, realización, aceptación y reconocimiento mediante logros materiales, académicos, grupales, etc.; pero el factor espiritual es negado en la mayoría de las vidas. Para el sujeto decepcionado, el regreso a la religión recupera el sentido de comunidad hermanada y ayuda a interpretar sus éxitos o fracasos en la vida seglar desde una cosmovisión que dé esperanza o consuelo. La religión parece ofrecer una promesa fácilmente comprensible de felicidad y reposo a un sujeto inundado de dudas, de inseguridades materiales, que ha perdido la confianza en la capacidad de la ciencia para responder a las grandes preguntas ontológicas-antropológicas: como el origen, sentido y el destino de la especie humana. Respuestas que las religiones sí pretenden ofrecer (Cardín, 1997, pp. 246, 247).

Vivimos en una cultura donde la espiritualidad está ligada a la creencia religiosa, pero la espiritualidad no implica este vínculo. La espiritualidad es un carácter íntimo que genera una energía interna inquebrantable para actuar vigorosamente de acuerdo con nuestros ideales, deseos y objetivos; que da sentido a nuestras acciones, alienta nuestros pensamientos y nos da fuerza para conquistar nuestras metas. La espiritualidad también puede ser comprendida como la interconexión entre lo social, lo emocional, lo físico y lo intelectual; la sinergia que promueve el crecimiento en todos estos sectores, que persiguen un fin.

Podemos tener un proyecto de vida teleológico que le dé sentido a los actos individuales, que sea motor de las acciones morales concretas, que motive nuestras actividades cotidianas, que permita tener una fe inquebrantable en lo que estamos haciendo porque sabemos el propósito que cumple y tenemos confianza en nuestra capacidad para realizarlo. Para ello, podemos tomar en cuenta los siguientes indicadores:

  • Autorrealización: ¿Qué me hace sentir contento, alegre, feliz?
  • Sentido de vida: ¿Qué ideales, deseos y metas pretendo alcanzar?
  • Trascender el yo con la alteridad: ¿Quién me importa además de mi persona?; ¿De qué forma demuestro que me importa?
  • Conectarnos e interactuar con el todo social: ¿Con quién interactúo y convivo?: ¿Qué acciones realizo en pro de la sociedad?
  • Lo estético: ¿Qué me causa placer realizar mientras no afecte a un tercero?
  • Interconexión con lo natural: ¿Cómo me conecto con el ecosistema que habito?
  • La integración y equilibrio entre lo físico, lo intelectual-racional, lo estético y lo emocional: ¿Cómo busco un equilibrio y conecto mis distintas dimensiones humanas?

 Trascendamos el yo des-espiritualizado que vive en el capitalismo con la base del pensamiento crítico, la conciencia ética, el conocimiento de sí y la interacción con el otro, para una sana vida espiritual. 

Bibliografía.

Adorno, T. y Horkheimer, M. (1997) Dialéctica del iluminismo. Hermes.

Berman, M., (1989), Todo lo Sólido se Desvanece en el Aire, Siglo XXI, 2a. edición.

Cardín, A. (1997) Movimientos Religiosos Modernos. Muchnik Editores.

Dussel, E., 1994, 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. Plural Editores.

Habermas, J. (1988). La modernidad un proyecto incompleto en Foster y et. al., La posmodernidad, Editorial Kairós.

Horkheimer, M. (2007) Crítica de la Razón Instrumental. Caronte Filosofia.

Kant, E. (2012) Filosofía de la Historia (compilación de varios escritos kantianos). Fondo de cultura Económica, 14ª reimpresión. Incluye: Qué es Ilustración.

Nietzsche, F. (2006) Genealogía de la Moral. Alianza Editorial.

Ratzinger, J. y Habermas, J. (2006), Entre razón y religión. Centzontle: FCE. 

Revueltas, A. (1990) La modernidad como proceso histórico URL: (http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras23/notas/sec_2.html)

 

 

El académico es Docente de la Escuela de Humanidades de CETYS Universidad en Campus Tijuana.

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