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México ante el mundo: el partido que se juega adentro

La inauguración del Mundial 2026 colocará a México bajo la atención global, en un escenario que trasciende el ámbito deportivo y proyectará la imagen del país ante millones de personas.
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

_"El que domina los tiempos domina la política. El que espera a que los tiempos lo alcancen, ya perdió."_

— Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio

El jueves 11 de junio, al mediodía, el Estadio Ciudad de México encenderá sus luces ante la audiencia más grande de su historia. Será la tercera vez que México alberga una inauguración mundialista, hito que ninguna otra nación ha alcanzado. Se estima una derrama económica de 65 mil millones de pesos impulsada por la llegada de aficionados, delegaciones y medios internacionales de todo el planeta. El logro es real y el orgullo es legítimo. Ese día, México tendrá los ojos del mundo encima como pocas veces en su historia. Y precisamente porque los tendrá, ese mismo estadio será también el escenario de algo que va mucho más allá del deporte y que cualquier actor político que piense en serio en 2027 debería leer con atención.

Al menos seis contingentes distintos de organizaciones civiles, sindicales y colectivos de derechos humanos buscarán estrangular los principales accesos al Coloso de Santa Úrsula bajo la consigna "Si no hay solución, no rodará el balón". Madres buscadoras, maestros de la CNTE, transportistas, campesinos y trabajadores del sector salud marcharán con llegada programada a la puerta principal del estadio a la 1:00 de la tarde, partiendo desde Insurgentes, San Jerónimo, Hospital Picacho, División del Norte y Parque Cantera. Los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa realizarán el 10 de junio un mitin en el Hemiciclo a Juárez enmarcado en el 54 aniversario del Halconazo,  doce años después de una noche de septiembre de 2014 que el Estado mexicano todavía no ha explicado con verdad ante ningún tribunal. Las madres buscadoras llegarán con fotografías de sus hijos en mano. La convocatoria lo dice con una claridad que ningún operativo de comunicación puede neutralizar: "Que el mundo vea quién resiste en paz. Que el mundo vea quién tiene miedo a la verdad."

La postura más honesta que puede adoptarse ante esta marcha es simple: las causas que tienen sustento real — los desaparecidos, los normalistas, los maestros con salarios insuficientes — merecen respuesta escrita y concreta del gobierno antes del jueves. No comunicados de voluntad de diálogo. Respuestas. El gobierno que organizó el Mundial más ambicioso de la historia tiene la misma capacidad institucional para responder a quienes llevan meses esperando. Si elige no hacerlo, la imagen que viajará al mundo ese día no será la de la ceremonia de apertura. Será la de un Estado que sabe celebrar pero no sabe responder. Y eso, en vísperas de la elección más grande que México habrá enfrentado en años, tiene un costo político que ninguna estrategia de comunicación puede cubrir.

Porque ahí está la conexión que une el Mundial, las marchas y lo que viene: todo ocurre a doce meses exactos de la jornada electoral del 6 de junio de 2027. Y lo que se juega en esa jornada no tiene precedente en la historia democrática reciente del país. En la elección intermedia del gobierno de Claudia Sheinbaum se elegirán 17 gobernadoras y gobernadores constitucionales, 500 integrantes de la Cámara de Diputados, 30 congresos de las entidades federativas, 2 mil 424 presidencias municipales y ayuntamientos, y las 16 alcaldías de la Ciudad de México con su Congreso Local. Será la única ocasión en décadas en que habrá elecciones simultáneas en las 32 entidades federativas del país. No es una elección intermedia en el sentido clásico del término. Es una reconfiguración del mapa de poder político de México que definirá, también, quién llegará mejor posicionado a la sucesión presidencial de 2030.

Para entender lo que está en juego hay que entender primero la advertencia que Coahuila lanzó el domingo 7 de junio. Tres partidos nacionales — PAN con el 2.1 por ciento, Movimiento Ciudadano con el 2 por ciento y el PVEM en cifras similares — perdieron su registro estatal por haber apostado a ir solos en un territorio donde no tenían estructura territorial suficiente para sostenerse. El PRI arrasó los 16 distritos con el 55 por ciento de la votación. No fue una derrota. Fue una extinción local auto infligida. Y la pregunta que ese resultado lanza al tablero nacional es directa y urgente: ¿cuántos partidos están a punto de cometer el mismo error en los 17 estados que se disputarán en 2027?

La respuesta honesta, es que varios. Morena ha confirmado su interés en competir con fuerza en Nuevo León y Chihuahua, considerados los dos estados de mayor relevancia política fuera de su bastión natural. En Nuevo León, el escenario es de los más complejos del país: Mariana Rodríguez de Movimiento Ciudadano encabeza varias mediciones entre simpatizantes del partido naranja, mientras que Adrián de la Garza del PRI lidera las preferencias generales con el 36.98 por ciento según mediciones recientes.  Morena no tiene hoy un candidato con ese reconocimiento en el estado. Si llega sola y sin el perfil correcto, Nuevo León puede convertirse en su Coahuila. Y Nuevo León no es Coahuila: es el estado con el mayor PIB per cápita del país, con una clase empresarial influyente y con un electorado que en 2021 ya demostró que vota por resultados, no por etiquetas, cuando eligió a Samuel García por encima de los partidos tradicionales.

En Chihuahua el panorama es igualmente tenso. Morena ha señalado a la senadora Andrea Chávez como su perfil más fuerte para la gubernatura,  pero el estado carga el peso político del caso Maru Campos y los señalamientos de intervención extranjera que esta semana volvieron a la agenda nacional. La oposición tiene ahí una narrativa poderosa si sabe articularla con un candidato que tenga presencia real en el territorio, no solo en los noticieros de la capital. Y en Baja California, donde los perfiles de Morena llevan meses disputándose la preferencia interna sin que ninguno consolide un liderazgo claro, la oposición tiene una ventana real — pero solo si construye una alianza y un candidato con arraigo local antes de que el proceso interno de Morena resuelva su tablero.

Aquí está el consejo que cualquier partido debería grabar en piedra antes de tomar cualquier decisión de candidaturas para 2027.

Primero: ningún partido puede darse el lujo de ir solo en un estado donde no tiene estructura territorial demostrada. Ir solo sin presencia real no es valentía ideológica. Es el camino más rápido hacia el 2 por ciento y la extinción local. El manual de Coahuila es claro: se necesita alianza o se necesita gobernador con resultados. No hay tercera opción.

Segundo: el candidato que gane en 2027 no será el más conocido en los medios nacionales. Será el que tenga mayor arraigo en el municipio más alejado de la capital estatal. Los especialistas en comportamiento electoral coinciden en que la volatilidad del electorado y el voto de castigo marcarán la tendencia general de 2027, y que ningún partido por sí solo podrá lograr mayoría en todos los territorios sin candidaturas conjuntas que capitalicen los esfuerzos. El elector de 2027 no vota por el partido. Vota por el candidato que siente cercano, que conoce su colonia, que resolvió un problema concreto antes de pedir su voto. Las campañas no construyen esa cercanía. Solo la confirman cuando ya existe.

Tercero: la calidad del candidato importa más que su lealtad al partido. Al menos 261 aspirantes a las 17 gubernaturas ya han alzado la mano, incluyendo 43 senadores, 37 diputados federales y 37 alcaldes. La mayoría de ellos llega con la lógica del turno cumplido: "ya pagué mis cuotas, ahora me toca". Esa lógica no convence a nadie fuera del círculo político que la produce. El candidato que llega con diagnóstico claro, propuesta verificable y trayectoria demostrada tiene algo que ninguna encuesta de reconocimiento puede medir pero que el ciudadano identifica de inmediato: credibilidad. Y la credibilidad no se construye en campaña. Se construye antes.

El 6 de junio de 2027 no es solo una elección intermedia. Es el primer gran termómetro del México posterior a la transformación que Morena prometió y la primera prueba real de si la oposición aprendió algo de sus derrotas acumuladas. El Mundial termina. Los jugadores regresan a casa. Pero las urnas de 2027 están ahí, contando en silencio los meses que faltan y midiendo con precisión implacable si los partidos hicieron en este tiempo lo que tenían que hacer. Coahuila dio la advertencia el domingo 7 de junio. Quien no la escuchó, la recibirá el 6 de junio de 2027. Pero entonces ya no será una advertencia. Será el resultado.

En política como en el futbol: quien no construye en la pretemporada, pierde en el partido que cuenta. Y en 2027, todos los partidos juegan el partido de su vida al mismo tiempo.