Las manos de papá En el marco del Día del Padre, una reflexión sobre aquellas presencias silenciosas que, a través del trabajo, el esfuerzo y los actos cotidianos, marcaron la vida de sus familias mucho más allá de las palabras.
"Padre, la culpa es tuya, por enseñarme que el mundo podía ser mejor de lo que es."_ — Mario Benedetti Era un hombre de manos grandes. De esas manos que uno recuerda antes que la cara, antes que la voz, antes que cualquier otra cosa. Manos que olían a trabajo, a herramienta, a tierra o a oficina según el día, pero siempre a algo concreto, a algo real. Manos que a veces no sabían abrazar con la facilidad con que uno hubiera querido, pero que aparecían exactamente cuando se necesitaban: sosteniendo una bicicleta que aprendía a no caerse, empujando una puerta que costaba trabajo abrir, poniendo sobre la mesa lo que hacía falta para que los demás pudieran sentarse a cenar. Así era el padre. Así son los padres. Presencias que con frecuencia no supimos leer hasta que aprendimos, demasiado tarde o justo a tiempo, el idioma silencioso con que hablaban. Este domingo 21 de junio, México celebra el Día del Padre, como cada tercer domingo de junio, una fecha que no tiene número fijo en el calendario pero que tiene un lugar fijo en el corazón de quienes crecieron con una figura paterna al lado. Y también, hay que decirlo, en el corazón de quienes crecieron sin ella. Porque esta columna no es solo para los que tienen padre cerca. Es también para los que lo perdieron. Para los que nunca lo conocieron. Para los que lo buscan en la memoria con la misma paciencia con que se busca una fotografía vieja en una caja de cartón. Y para los que, habiendo tenido uno difícil, encontraron la manera de entenderlo de todas formas. ¿Que es un padre? La pregunta parece simple y resulta ser la más complicada que existe. No es una respuesta biológica, aunque la biología esté ahí. No es un apellido ni un papel firmado en un registro civil, aunque esos documentos digan algo. Un padre es, en el sentido más esencial de la palabra, alguien que aparece. Que esta cuando no hay razón visible para estar. Que lleva a la escuela aunque llueva. Que se queda despierto cuando todos duermen porque algo en el no puede apagarse mientras uno de sus hijos no haya llegado. Que trabaja más de lo que deberia porque quiere que los que vienen detrás tengan lo que él no tuvo. Que se equivoca, que grita cuando no debería, que a veces no encuentra las palabras y entonces calla, y que en ese silencio, si uno aprende a escucharlo, también hay amor. Benedetti escribió una vez que los padres son personas que dan la vida dos veces: una al traernos al mundo y otra al enseñarnos a vivir en el. Hay padres que enseñan con palabras largas y consejos elaborados. Hay padres que enseñan callados, con el ejemplo de una vida trabajada sin queja y sin discurso. Hay padres que ensenan desde la distancia, desde la ausencia que duele, dejando en los hijos la pregunta sin respuesta que se convierte, con el tiempo, en el motor más poderoso de todos: la necesidad de construir lo que no se tuvo. En México hay 21.2 millones de padres que viven con al menos uno de sus hijos. Pero hay muchos más que están presentes de otras maneras: en el tío que tomó el lugar que alguien dejo vacío, en el abuelo que se quedó cuando el padre no pudo, en el amigo de la familia que enseñó lo que nadie más enseñó, en la madre que fue las dos cosas al mismo tiempo y no pidió reconocimiento por ninguna. Esta carta es también para los padres que ya no están. Para los que se fueron demasiado pronto y dejaron una silla vacía en la mesa que nadie se atreve a quitar. Para los que se fueron de a poco, despidiéndose de sí mismos antes de irse del todo, y a quienes sus hijos acompañaron en ese camino con una dignidad que no sabían que tenían hasta que la necesitaron. Para los que se fueron sin que hubiera tiempo de decirles lo que se quería decir, y cuyos hijos cargan esa frase no dicha como quien carga algo que ya no pesa pero tampoco suelta. A esos padres que ya no pueden leer estas palabras les digo lo que sus hijos quizás no alcanzaron a decirles: que su presencia, aunque terminada, no terminó. Que siguen apareciendo en gestos que uno reconoce de repente en el espejo, en decisiones que uno toma sin saber del todo por qué, en la manera de reírse o de enojarse o de querer a los propios hijos. Un padre no desaparece cuando se va. Se distribuye. Y esta carta es, sobre todo, para los padres que están hoy. Para los que este domingo despertar les traerá un abrazo de hijo pequeño y un dibujo hecho con colores que no van muy bien juntos y una letra todavía insegura que escribe 'te quiero' con una e al revés. Para los que recibirán una llamada de un hijo adulto que vive lejos y que marcara el numero con esa mezcla de urgencia y calma que tiene el amor cuando ya sabe lo que vale. Para los que pasaran el día solos porque las circunstancias así lo decidieron, y que de todas formas son padres con toda la dignidad de la palabra. Para los padres jóvenes que todavía no saben bien lo que están haciendo y que aprenden mientras hacen, que es la única manera en que se aprende a ser padre de verdad. Ser padre no tiene manual. Tiene ensayos, errores, noches largas, miedos que no se dicen, alegrías que a veces tampoco se dicen aunque deberían. Tiene la vocación extraña de trabajar para que alguien más vuele, de construir algo que otro habitará, de sembrar sin saber exactamente qué crecerá pero confiando en que valdrá la pena. Es, en el fondo, el acto de amor más silencioso y más tenaz que existe: querer a alguien más que a uno mismo sin que nadie le haya pedido hacerlo, sin que nadie le explique cómo, sin garantías de nada excepto la certeza de que ese amor, por torpe o imperfecto que sea en su expresión, es real. Este domingo, el mismo día que coincide con el solsticio de verano y con cuatro partidos del Mundial que el mundo entero estará mirando, habrá millones de mexicanos que harán algo mucho más importante que ver un partido o celebrar el día más largo del año. Habrá millones de mexicanos que marcaran un número, que darán un abrazo, que pondrán una silla extra en la mesa o que encenderán una vela para alguien que ya no está pero que sigue siendo el centro de algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma. Lo que un padre es para un hijo no cabe en una definición. Cabe en un recuerdo. En un olor. En una mano grande que sostuvo algo justo cuando hacía falta. A todos los padres, a los presentes y a los ausentes, a los perfectos y a los imperfectos, a los que encontraron las palabras y a los que no pudieron encontrarlas pero estuvieron de todas formas: gracias. Por aparecer. Por quedarse. Por enseñar sin saber siempre qué estaban enseñando. Por ser, en el idioma más antiguo y más verdadero que existe, simplemente papá. Un padre no es quien da la vida. Es quien enseña a vivirla. Y eso, mis estimad@s lectores, no tiene fecha de vencimiento.
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