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El ojo de la cerradura: de cómo Endemol inventó la patria potestad del chisme.

Más pesado que Baldor Gerardo H. Molina / Harry Archivo
Gerardo H. Molina 18-07-2026

 

Se ha anunciado una nueva temporada de La Casa de los Famosos y el país, fiel a su tradición de dividirse por todo lo que no importa, ya ha comenzado a armar trincheras. De un lado están los que ya cancelaron su vida social de los domingos para ver las galas; del otro, los intelectuales de café que juran por la pureza de su árbol genealógico que jamás sintonizarán semejante degradación cultural. Ambos bandos mienten, por supuesto: los primeros dirán que solo lo ven "por experimento social" y los segundos terminarán enterándose de todo gracias a los memes de TikTok.

Porque el reality show, nos guste o no, es la máxima obra de arte de la ingeniería comercial contemporánea. Este monstruo no nació ayer ni surgió de la mente de un productor de San Ángel tras un mal viaje. La semilla la plantó MTV en 1992 con The Real World, pero el verdadero Big Bang de la indiscreción ocurrió en los Países Bajos en 1999, cuando la productora Endemol comprendió que no hay nada más barato y redituable que encerrar a un puñado de ambiciosos a perder la dignidad en televisión nacional. A México el invento nos llegó en el 2002 con el primer Big Brother. Aquello fue un sismo. TV Azteca contraatacó de inmediato con La Academia —que devino en una fábrica de dramas y coordinadores de bodas— mientras Televisa tropezaba intentando replicar la fórmula con la hoy olvidada Operación Triunfo.

Tras años de sequía y formatos reciclados que daban más lástima que rating, la franquicia mutó en el fenómeno actual. En su versión reciente, el show ha transitado por dos vías: la fascinación entrañable que provocó Wendy Guevara y el descenso a los infiernos de la crispación social cortesía de Adrián Marcelo. Los comentarios de este último, un catálogo abierto de misoginia y desdén por la salud mental, no solo hicieron huir a los patrocinadores como si la casa estuviera en llamas, sino que demostraron que en México la indignación es el combustible más barato del internet. Para esta nueva edición prometen un formato más "soft", lleno de influencers de nicho que probablemente se disculparán por respirar, pero la maquinaria es infalible.

¿Por qué caemos siempre en la trampa? Si desarmamos el juguete, la estadística y la neurociencia nos revelan cinco datos que explican por qué nos fascina ver el naufragio ajeno:

  • La dopamina del metiche: El cerebro humano odia la incertidumbre pero ama el chisme. Ver a un grupo de desconocidos en situaciones límite activa los mismos circuitos de recompensa cerebral que experimentar el conflicto en carne propia, pero con la inmensa ventaja de que nosotros no tenemos que pagar la terapia.
  • La economía de la bilis: Las métricas de engagement digital no mienten: un contenido que genera ira o santa indignación se comparte hasta cuatro veces más en redes sociales que uno que genera alegría. Personajes polarizantes como Adrián Marcelo son, matemáticamente hablando, los empleados del mes para el algoritmo de Silicon Valley.
  • La ilusión de la amistad (o el odio) parasocial: El acceso 24/7 rompe la cuarta pared. El espectador promedio procesa su amor por un participante o su desprecio por otro con los mismos mecanismos neuronales con los que juzga a su vecino o a su cuñado. Creemos que los conocemos, aunque ellos no sepan que existimos.
  • El pánico al aislamiento digital (FOMO): En México, los picos de conversación digital durante las eliminaciones superan con creces a los debates presidenciales. El espectador moderno no ve el programa porque le parezca una genialidad, sino por el terror absoluto a quedarse fuera de la conversación y no entender los memes del lunes en la oficina.
  • El anestésico nacional: En un país con jornadas laborales extenuantes y una realidad que a veces parece escrita por un guionista de terror, el cerebro busca instintivamente entretenimiento de "baja carga cognitiva". El reality es el refugio perfecto: no exige pensar, solo juzgar.

La nueva temporada viene en camino y los números de rating volverán a romper los récords. Al final, asomarse a esa casa no es más que mirar un espejo incómodo de lo que somos cuando nadie nos ve. Podrán apagar las cámaras, pero el bicho de la curiosidad ya nos tiene medidos.