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La envidia de Josefina

Disfruta la nueva columna del chef Juan Ángel.
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Por @chefjuanangel

-Shh, no hagas mucho ruido, Manuelito.

-Ay, mamá, esto apesta mucho.

-¡Tápate la nariz y sigue regando!

Eran las 3 de la mañana. Aquella noche, además de hedionda, era fría, oscura y callada. Hasta los grillos y sapos habían huido con el fuerte aroma del añil que Josefina y su hijo andaban rociando afuera de la casa de la Prieta. 

-Riega bien la banqueta, porque ahí es donde se para a vender la envidiosa de la Petrona- dijo Josefina a su hijo. 

-Pero apesta mucho, mamá- respondió con la nariz metida en el cuello de su chamarra. 

La desesperación y coraje de la mujer habían llegado al límite, de tal forma que esa madrugada velaron esperando que el reloj marcara las 3 de la mañana.

Unos minutos antes, tomaron dos cubetas que llenaron con una mezcla de añil, jugo de limón y agua. Después, las cargaron a la calle de atrás y comenzaron a regar la combinación con aroma a pescado podrido frente a la casa de la Prieta. 

La banqueta de cemento, los rosales de las jardineras que estaban colgadas en las ventanas y dos metros frontales de calle terrosa quedaron totalmente impregnados.

Una hora más tarde, a las 4 de la mañana, se encendieron las luces de la casa de la Prieta, en la ventana izquierda se apreciaba movimiento de tazones, contenedores y charolas.

El día había comenzado, era momento de preparar sus famosas donas de chocolate; y es que, desde hacía una semana, la Prieta había comenzado a vender donas de chocolate justo detrás de la casa de Josefina, quien desde 8 años atrás preparaba galletas, donas y empanaditas para vender; sin embargo, en la última semana las ventas iban muy mal.

A las 6 de la mañana, la Prieta abrió la ventana de la cocina para poner la venta. 

-¡Ah jijos!- dijo impresionada por el aroma, pero más por la gran fila de gente que esperaba para probar su producto; todos tenían la nariz cubierta con la mano, algún paño, bufanda o suéter.

 

Con el paso de los meses, Josefina se dio cuenta que el problema no era su vecina, era ella que había dejado de ponerle atención a su pan y ya no sabía igual que antes; además, los clientes y vecinos estaban enfadados con sus jetas y gritos.

 

La competencia debería motivarnos a ser mejores, a generar comunidad con el nuevo emprendedor, continuar aprendiendo y explorar nuevos caminos, de lo contrario nos convertiremos en emprendedores mediocres.

 

 

 Chef Juan Ángel Vásquez - Licenciado en Periodismo y chef profesional, creador de contenidos gastronómicos para plataformas digitales y embajador de marcas de alimentos.

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