Gol
"Las gradas son una caja de resonancia de la historia. Cuando la tribuna grita un gol, no siempre está hablando de fútbol."
— Carlos Monsiváis, Entrada libre, 1987
Gol. Tres letras. Una sola sílaba. El único vocablo que se pronuncia igual en Tokio que en Buenos Aires, en Lagos que en Lisboa, en Moscú que en Ciudad de México. El único sonido que un brasileño, un alemán, un senegalés y un coreano producen con idéntica inflexión, idéntica apertura de boca, idéntico vacío momentáneo en el pecho antes de que todo explote. Gol. No necesita traducción porque no pertenece a ningún idioma. Le pertenece a todos. Es, en el sentido más preciso del término, la única palabra verdaderamente universal que la humanidad ha producido en su historia, más universal que amén, más reconocible que cualquier símbolo matemático, más inmediata que cualquier señal de paz. Cuando el balón cruza la línea, el mundo habla uno solo y ese idioma no lo inventó ninguna academia ni ningún tratado diplomático. Lo inventó la pelota.
Considérese la geografía de este deporte con la atención que merece. El fútbol nació en Inglaterra en 1863, cuando un grupo de caballeros victorians con pantalones de franela y mucho tiempo libre decidieron poner reglas a un juego que los niños de las calles llevaban siglos practicando sin pedirles permiso. Lo que esos caballeros no previeron — no podían preverlo — es que estaban codificando el instinto más antiguo del ser humano: patear algo redondo en dirección a algún lugar. Lo que hacían los niños griegos 2,500 años antes de Cristo con una vejiga de cerdo inflada. Lo que hacían los chinos en la corte imperial con el cuju, una pelota de cuero rellena de plumas. Lo que hacían los aztecas en el tlachtli con una bola de hule macizo que representaba al sol y cuyo movimiento tenía consecuencias cósmicas. La humanidad siempre supo que necesitaba patear algo. Los ingleses victorianos simplemente le pusieron árbitro.
Obsérvese cómo se distribuye este deporte en el planeta y lo que esa distribución dice sobre la condición humana. Doscientos once países son miembros de la FIFA — más que los que pertenecen a las Naciones Unidas, detalle que no es menor. En las favelas de Río de Janeiro, donde el calor aplasta y el asfalto quema, los niños juegan descalzos sobre superficies que ningún reglamento contemplaría. En los campos polvorientos de Mali y de Ghana, donde el arco es una piedra puesta sobre otra, el fútbol no es un pasatiempo. Es la arquitectura del sueño. En los callejones de Tokio, donde el espacio es tan escaso que los japoneses han inventado el fútbol sala con la ingenuidad de quien adapta una religión a un apartamento pequeño. En los barrios de Nápoles, donde Diego Armando Maradona sigue siendo un santo laico cuya imagen aparece en los muros con la misma devoción con que en otros muros aparecen las vírgenes. En los townships de Sudáfrica, en los páramos de Islandia, en los arrozales de Vietnam, en los desiertos de Arabia. El fútbol está en todas partes porque la pelota rueda en todas las superficies y la portería cabe en cualquier espacio donde haya dos objetos verticales y alguien dispuesto a defender el espacio entre ellos.
Anótese lo que el fútbol ha producido que ninguna otra institución humana ha logrado con la misma eficiencia. En 1967, durante la Guerra de Biafra en Nigeria, los dos bandos en conflicto acordaron un alto al fuego de cuarenta y ocho horas para que Pelé pudiera jugar un partido de exhibición. Cuarenta y ocho horas de paz compradas con un partido de fútbol en medio de una guerra civil. En 1914, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, soldados alemanes y británicos salieron de sus posiciones en Nochebuena para jugar un partido improvisado en tierra de nadie, con la misma pelota que en condiciones normales se habrían usado para matar entre sí. Ningún tratado lo ordenó. Ningún general lo autorizó. Lo organizó el fútbol por su propia cuenta, con su lógica irreductible de que cuando hay una pelota de por medio las razones para matarse se vuelven momentáneamente absurdas. Nicolás Anelka, el delantero francés, dijo alguna vez que el fútbol es la única guerra donde todos quieren ser el vencido si con eso se puede seguir jugando. Tenía razón.
Repárese en lo que este Mundial ha mostrado en estas semanas. Aficionados de 48 naciones compartiendo graderías, cantinas, calles y pesadumbres con una naturalidad que desmiente cuarenta años de teoría sobre el choque de civilizaciones. Un japonés y un marroquí compartiendo la misma mesa con la misma botana mirando la misma pantalla, sin idioma común excepto el del partido. Una familia iraní y una familia israelí en la misma grada aplaudiendo el mismo gol de un tercero, suspendida la guerra en los noventa minutos exactos que dura la posibilidad de que algo los una en lugar de separarlos. Aficionados argentinos cantando con brasileños sus canciones de estadio con la misma pasión con que en cualquier otro contexto se insultarían, porque la rivalidad del fútbol es la única rivalidad que admite el respeto al adversario sin perder intensidad. Los hinchas japoneses recogiendo la basura de las gradas en México como lo hacen en Japón, en silencio, sin que nadie se los pida, porque llevan ese hábito como parte de su identidad futbolera, porque su manera de amar el fútbol incluye cuidar el lugar donde ocurre.
Nótese lo que el fútbol produce en los cuerpos. No en los de los jugadores — esos son cuerpos entrenados para la excepcionalidad y no representan a nadie más que a sí mismos en su perfección atlética. En los cuerpos de los que miran. El corazón que se acelera cuando el delantero recibe el balón en área y todavía no ha disparado pero ya se sabe que algo está a punto de ocurrir. La respiración que se suspende en el instante exacto en que el pie impacta el balón. La tensión que recorre la espina dorsal desde los pies hasta la nuca en el segundo que tarda el balón en llegar al arco. Y luego el gol, o el no gol, y en cualquiera de los dos casos el cuerpo reacciona con una honestidad que en ninguna otra circunstancia social se permite: llora sin vergüenza, grita sin mesura, abraza sin protocolo, cae de rodillas sin que nadie lo interprete como debilidad. El fútbol autoriza la emoción sin censura. Es el único espacio público donde un adulto puede llorar sin que nadie le pregunte qué le pasó.
Considérese finalmente lo que el fútbol dice sobre la condición humana cuando se le lee con la misma seriedad con que se leen las grandes religiones y los grandes sistemas filosóficos. El fútbol tiene liturgia: los himnos antes del partido, el ritual del calentamiento, la formación de los equipos en el centro del campo, el pitazo inicial que funciona como el comienzo de una misa o de una ceremonia en la que todos saben lo que se espera aunque el resultado sea siempre incierto. Tiene héroes y tiene villanos y tiene tragedias y tiene redenciones. Tiene su Biblia, que son las estadísticas, y tiene sus profetas, que son los entrenadores que prometen victorias que no siempre llegan. Tiene sus santos y sus demonios. Tiene su infierno, que es el descenso, y su paraíso, que es la Copa. Y tiene algo que ninguna religión ha logrado con la misma consistencia: convoca a los creyentes de todos los otros credos en el mismo recinto sin que el credo sea el tema.
El fútbol no resuelve nada. La guerra sigue después del partido. La desigualdad no cede ante el marcador. Los problemas que existían antes del pitazo inicial siguen existiendo después del pitazo final. Pero hay algo que sí produce, que solo él produce, con una consistencia que doscientos once países avalan: la experiencia colectiva de querer lo mismo al mismo tiempo. No es paz. No es justicia. Es algo más modesto y quizás más necesario: es la evidencia de que somos capaces de coincidir. De que hay momentos en que la humanidad completa, con toda su carga de historia y de rencor y de frontera, puede mirar en la misma dirección y gritar la misma cosa.
Una sola sílaba. El idioma más completo que tenemos.