Entre la sombra y la palabra En estos relatos, el miedo no viene del más allá, sino de lo que respira cerca. Lee la nueva columna de Primavera Fraijo.
Por Primavera Fraijo No creo en la vida después de la muerte. Tampoco en lo paranormal. Así que mis miedos suelen ser, digamos, bastante racionales. Aunque, debo admitirlo, a lo largo de mi vida me he topado con uno que otro suceso extraño. De esos que desconciertan. Que te dejan pensando durante días, buscando una explicación lógica que no siempre aparece. Quizá por eso me atrae tanto el estilo del terror de Horacio Quiroga. Porque, en sus relatos, el miedo no viene del más allá, sino de lo que respira cerca. De lo que duele. De lo que existe. En "El síncope blanco y otros cuentos de terror" se reúnen varios de esos relatos donde Quiroga hace lo que mejor sabía: narrar el instante exacto en que la vida se quiebra. No hay fantasmas con cadenas ni castillos derrumbados. Su terror es más cruel, más humano. Es el hombre frente a la fiebre, frente a la selva, frente a su propia mente. Es el miedo que nace en el cuerpo, el que no avisa y el que no necesita sombras para existir. En el relato "El síncope blanco", por ejemplo, el terror ocurre en un parpadeo. Un instante suspendido entre la vida y la nada. Una muerte lenta, contada con precisión quirúrgica, donde la agonía se observa con una calma perturbadora. En la pluma de Quiroga no hay consuelo, ni final feliz, ni moraleja. Solo la certeza de que todo termina. Pero incluso en su oscuridad hay algo de humano. Quizá porque Horacio conoció el dolor de cerca. El autor perdió a su padre, a su padrastro, a su esposa y a varios de sus hijos. Y con cada pérdida escribió. Como si narrar fuera su manera de no rendirse ante el abismo. Por eso, en cada cuento, se siente el pulso de un hombre que redacta para sobrevivir. Es directo, tenso, sin adornos. Cada palabra cae como una gota sobre una herida abierta. Su estilo recuerda al bisturí: corta, limpia... y duele. Más de un siglo después, sus cuentos siguen vivos porque tocan ese miedo primitivo que no entiende de épocas ni de modas. El pánico al final, a la enfermedad, a la soledad. Ese que todos cargamos aunque no lo nombremos. Leer "El síncope blanco y otros cuentos de terror" es mirar de frente a la muerte... pero también al talento feroz de un escritor que hizo del horror una forma de belleza. Porque con Quiroga no hay trucos ni apariciones. Hay una selva que respira, un cuerpo que se apaga y una voz que no deja de temblar. Y cuando cierras el libro, te queda esa sensación que deja un mal sueño. Un silencio espeso, una punzada en el pecho... y la certeza de que Horacio Quiroga sigue ahí, acechando, entre la sombra y la palabra. A mí me encuentras en redes sociales como: @PrimaveraFraijo
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