Por @chefjuanangel -Se cree la "muy, muy", ¿ya la viste, Carmela? -Deja tú eso, Josefina, es una "mosquita muerta". -Aparte, dicen que el hombre con el que vive no es el papá de sus hijos, y que... ¡él tiene otra esposa! -¡Ay, a poco, Carmela!, salió baquetona la tal Irasema; mosquita muerta y baquetona. A penas unas semanas atrás, habían llegado nuevos vecinos al pueblo: Irasema, Gaspar, y dos cuatitos de 9 meses. Entre las casas de Carmela y Josefina, estaba una vivienda blanca con dos ventanas color verde y una puerta de madera con el número 98. Ahí vivían los nuevos inquilinos, quienes eran vigilados por las dos beatas que se habían dado a la tarea de inventar chismes de los recién llegados. -Carmela, yo creo que la tal Irasema no usa "faldías", jamás veo que tenga unas tendidas en el patio- dijo Josefina, quien a diario los espiaba por arriba de la barda. Un día, las dos comunicativas vecinas acudieron presurosas con el padre Benito. "Toc, toc". -Padre, buenos días, ¿cómo está usted?, somos Josefina y Carmela- gritaron las susodichas. Eran las 7 de la mañana. -¿Ahora qué pasa Carmelita, qué les aqueja?- dijo el párroco del pueblo aún en pijamas. -Es que tenemos una vecina que vive en pecado y está poniendo mal ejemplo a nuestros hijos-, murmuró en secreto Josefina, mientras se santiguaba en repetidas ocasiones. Después de una larga declaratoria de inconformidades por parte de las beatas, el padre aceptó hacer una visita a Irasema para invitarla a la Iglesia. Al siguiente día, cuando el cura caminaba rumbo a la casa de los nuevos vecinos, salieron al paso Carmela y Josefina. -Lo vamos a acompañar padre Benito, capaz y podemos rezar un rosario con Irasema- dijo la primera con una mirada chismosa que no pudo disimular. Las beatas en cuestión no habían podido acercarse a su nueva vecina; Irasema era muy reservada, pocas veces se dejaba ver y nunca platicaba con alguien; así que, ante la falta de información, las beatas se habían encargado de inventarla. "Toc. toc" -Hija, soy el padre Benito- saludó el párroco. De inmediato, Irasema le abrió la puerta, y Josefina y Carmela fueron las primeras en entrar. Sobre la estufa de la cocina, había una cacerola con salsa picante hirviendo. -Pues, parece que la "mosquita muerta" cocina bien- murmuró Josefina mientras acercaba su nariz para oler de cerca el aroma que perfumaba toda la casa. -Le obsequiaré una poca- dijo Irasema que estaba detrás de ellas. Después de una larga plática, cuando estaban a punto de irse, Irasema llenó tres frascos con la salsa y se los entregó a las visitas, en la tapa de los recipientes colocó un trozo de cinta y sobre ella escribió: "Salsa mosca muerta" con letra cursiva. La salsa de Irasema acalló los chismes que circulaban por todo el pueblo; pero lo mejor, fue que era un producto tan sabroso que las mismas beatas terminaron recomendándolo y ahora es un negocio exitoso. Chef Juan Ángel Vásquez - Licenciado en Periodismo y chef profesional, creador de contenidos gastronómicos para plataformas digitales y embajador de marcas de alimentos.
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