Por @chefjuanangel -¡Caboy! ¡Caboy! Pinche chamaco, pero me las va pagar cuando vuelva. ¡Caboy! -Mamá, allá anda en la peña. -"De a tiro" la friega tu hermano. ¿Viste si llevaba a Petra? -No vi, mamá. -¡Muévete, Barbarita, y llévate a Chalo! Caboy era el más pequeño de la familia, su padre le había puesto ese elegante apodo en inglés por mera ocurrencia: Cowboy-Caboy. La casa de Julia, quien había procreado 5 hijas e hijos con Benito, estaba situada casi al filo de un gran barranco con una vista privilegiada. Desde su cocina, podía ver a través de la ventana el amanecer más perfecto del mundo enmarcado con un gran cerro, una cueva al centro y un valle que bajaba hacia el río que regaba las milpas de alrededor. La casa era de adobe, con techo bajito de tierra; en una habitación de 4 por 6 metros había una hornilla y una larga banca enfrente que dividía el cuarto a la mitad. Del otro lado de la banca, estaban enrollados unos petates, ese era el espacio donde todos dormían amontonaditos. Julia tenía dos gallinas y un burro que apoyaba en el acarreo de leña, y en ocasiones la transportaba a las milpas. -Caboy, te anda buscando mi amá. En un gran peñasco junto al río, estaba el pequeño sentado con Petra sobre sus piernas. -Caboy, ya le toca desayunar a mi papá y está muy enojado por que te trajiste a Petra. A sus 6 años, el pequeño Caboy era demasiado hábil, despertaba diariamente a las 5:25 horas, se levantaba del petate sin molestar a nadie y corría afuera a mojarse la cara con el agua fresca dispuesta en una olla de barro, la cual estaba destinada para beber. Enseguida, regresaba por Petra y directo al corral donde tomaba dos huevitos marrones del gallinero y ahora sí, a despertar a la familia con el humo de la leña. -¡Despierten, despierten!- gritaba Caboy mientras atizaba la hornilla. -¡Les gané a Petra! Seis días a la semana, Caboy despertaba antes que todos y era el primero en desayunar dos huevos estrellados y cocinados sobre Petra, el único sartén que había en la cocina, mismo que cocinaba todos los platillos de esa familia, a excepción de los frijoles que preparaba Zenaida, la gran olla de peltre azul. A Caboy le gustaba desayunar frente al río y para que los huevos no se enfriaran en el trayecto, los transportaba y comía directo en la sartén hasta chuparse los dedos. Quienes amamos cocinar, creamos un vínculo afectivo con ciertos utensilios de cocina que son los más consentidos y utilizados. Este lazo tiene una lógica muy interesante, sin las ollas, sartenes y demás, no podríamos comer como lo hacemos. El gran placer de comer, no existiría sin ellos. Chef Juan Ángel Vásquez - Licenciado en Periodismo y chef profesional, creador de contenidos gastronómicos para plataformas digitales y embajador de marcas de alimentos.
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