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#Sonora

El bulto sorpresa

Llegó el momento de deleitarse con la columna del chef Juan Ángel.

Costal
Costal Archivo

por Juan Ángel Vásquez

20/07/2026 18:23 / Uniradio Informa / Columnas / Actualizado al 20/07/2026

Por @chefjuanangel

"Clan, clan, clan"

-¡Comadre Chonita, ya están repicando las campanas!

-Ay, comadrita, nomás me pongo el velo y la alcanzo.

Eran las 4 de la tarde en punto, y aunque no era hora de misa ni del rosario, la Chita de Chico se columpiaba de la cuerda que sostenía el badajo de la campana mayor, sus chancletas apenas tocaban el suelo cada vez que se elevaba al ritmo de unas campanadas que la Capital del Mundo había esperado por décadas. 

 

-¡Ay, Hermelinda, mijita, deja de estar empujándome!

-Yo llegué primero, doña Chonita.

Chicos y grandes buscaban el mejor lugar para presenciar el momento tan anhelado.

"Clan clan clan clan", las campanas comenzaron a repicar con mayor fuerza y velocidad. 

-¡Ya viene, ya viene!- gritaba Cipriano montado en un burrito que apenas se divisaba arriba de la cuesta, justo en la entrada del pueblo; detrás de él habia una gran polvareda. 

-Ay, comadre Chonita, ¡ya viene, ya viene!- gritó Martina emocionada mientras sacaba un pañuelo blanco de su mandil.

Todas las mujeres que formaban una gran valla portaban velos negros que cubrían sus cabezas en señal de respeto mientras ondeaban los pañuelos inmaculados y planchados.

-¡Bienvenido! 

-¡Bendito Dios que ya llegó!

-¡Bendíganos, padre!

La gente estaba muy emocionada y agradecida, puesto que había llegado el primer párroco a la iglesia. Era el año de 1960. 

-¡Muchas gracias, Dios los bendiga a todos!- decía el joven sacerdote que venía encaramado en la cajuela de un pick up con racas de madera, que le había dado raite desde Ciudad Obregón en medio de gallinas y costales de azúcar.

-¡Bienvenido padre Gavilán!- gritó al final el pequeño José María cuando el sacerdote estaba sacudiendo el polvo de su cabeza.

-¿Le ayudó con las petacas?- dijo el pequeño de 8 años que sostenía un perro amarrado con una piola de ixtle. 

-Padre, le traigo a regalar a Firulais para que lo cuide. 

El sacerdote lo miró con cara de sorpresa y sostuvo la piola. El perrito escuálido olfateó la sotana de arriba a abajo. 

 

Cuando la noche cayó, el padre comenzó a tender las cobijas sobre el catre sin estrenar que le había fabricado Angelito, el carpintero del pueblo. En menos de lo que canta un gallo, Firulais y su nuevo dueño ya estaban roncando abrazados y envueltos en una gruesa cobija. A la medianoche, se empezaron a escuchar fuertes ruidos cerca de la puerta principal, Firulais saltó de la cama, el sacerdote encendió una vela y con la otra mano empuñó una escoba. 

-¿Quién anda ahí?- gritó con voz temblorosa.

Cuando se aproximó a la entrada, observó varios bultos apilados en el piso. 

-¡Señor mío y Dios mío!- exclamó el joven sacerdote y se acercó a revisar. 

-¡Madre de Dios, qué es esto!

A la mañana siguiente, en misa de 7, el cura acercó los bultos al altar y pidió a los responsables que pasaran al frente. De inmediato, se levantaron Juanillo, el Pelón, Gume y Chico Bolita. 

-Dios los bendiga a ustedes, sus tierras y sus familias- dentro de aquellos costales había mazorcas de maíz, ajos, cebollas y frijol que los mismos campesinos habían sembrado y cosechado. 

Aquellos bultos no solo representaban la bienvenida, también eran una especie de remuneración para que el cura pudiera vender o intercambiar su contenido para comer o comprar comida.

Los alimentos son una de las ofrendas que encierran mayor gratitud y amor. Su importancia es tal, que históricamente se han ofrecido a los dioses como una forma de agradecer por sus bendiciones y buscar su favor. Así que, cuando alguien te regale comida o ingredientes, agradécelo y dale el valor que merece.

 

 Chef Juan Ángel Vásquez - Licenciado en Periodismo y chef profesional, creador de contenidos gastronómicos para plataformas digitales y embajador de marcas de alimentos.

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